sábado, 30 de enero de 2016

Código de honor, de Robert Mandel





Código de honor
(School Ties, EEUU, 1992)
de Robert Mandel

Jesús Guerra

El joven David Greene (Brendan Fraser) se pelea a golpes en su pueblo para defenderse a sí mismo, a su familia, a su raza y a su religión cuando insultan a los judíos. Pero no sólo es fuerte, valiente y orgulloso, es también inteligente, educado, consciente de las cosas y, sobre todo, un espléndido jugador de futbol americano. Debido a sus habilidades en este deporte es becado por un colegio de niños ricos y, gracias a este paso, David podría ingresar ni más ni menos que a (fanfarrias, por favor)… ¡Harvard! ¡Guau, qué increíble es la vida!, ¿verdad?

El entrenador responsable de su beca, de origen humilde, le da un consejo cuando David llega al colegio: que no dé más información de la necesaria. Pronto se hace de un grupo de amigos, pero se da cuenta del concepto que estos muchachos nice tienen de los judíos. Es obvio que no menciona su raza-religión. Asiste a las ceremonias cristianas junto con el resto de los estudiantes. Las cosas marchan bien, el equipo de su escuela comienza a cosechar triunfos gracias a él, y conoce a Sally Wheeler (Amy Locane), el prototipo de la niña rica buena onda… aunque todo tenga sus límites… Ya se dará cuenta el propio David.




Sí, todo tiene un límite, comenzando por la “bondad” de la escuela en la que estudia: mientras los muchachos de la buena sociedad comen a gusto, David y el resto de los becados tienen que fungir como meseros. Pero de ahí en fuera “no hay diferencias”, o eso parece. Un día, un maestro enloquecido le provoca una crisis nerviosa a uno de los muchachos. El problema: el nivel de la escuela es muy alto, y muchos de esos muchachos simplemente no pueden alcanzarlo; lo peor es, por supuesto, la presión familiar: si sus abuelos, sus padres y sus hermanos mayores pudieron, ellos simplemente tienen que poder, y cuando no: ¡pum!, les estallaba la cabeza.

En una conversación con uno de sus supuestos amigos, Charlie Dillon (Matt Damon), David se entera de estas cosas. Un día —le cuenta Dillon—, un muchacho se suicidó porque no pudo entrar a Harvard. David no lo puede creer, dando respuestas razonables. Dillon, sin embargo, le dice cómo están las cosas. A Dillon lo respetan —lo dice él mismo— debido a su apellido, y ese es el motivo por el que Dillon le confiesa a David que lo envidia: por su libertad. Todos ellos son unos muchachos dóciles porque, cuando salgan de ahí, gracias a las amistades sembradas en el ámbito universitario y también a las conexiones familiares, estarán en la cúspide, serán parte de la élite del país. A cambio de la docilidad está la “buena vida”. David, que en estos momentos aún está medio ciego, dice que eso no es posible, que a la gente le importa la gente, no sólo los nombres.




Acto 2, demostración del autoengaño: Los problemas llegan por el propio Dillon. Este es un muchacho frustrado por su propia mediocridad y está medio vencido por el peso de sus responsabilidades sociales y familiares. Dillon trata a su prima Sally como si fuese su novia. Pero a Sally le gusta David, así que, un día, Sally se ve en la necesidad de aclararle las cosas a Dillon, quien se siente traicionado por David (además del hecho de que David ha sido becado para jugar en la posición que supuestamente le correspondería a él).

Con el rencor y el resentimiento como motor, Dillon logra enterarse de que David es judío, y lo divulga en la escuela. De inmediato comienzan los comentarios y las actitudes racistas: una bandera nazi puesta sobre su cama, estornudos que en lugar de sonar “achú” suenan “a/jew” (un judío). La élite juvenil comienza a desplegar su poder sobre “el otro”.




Sally-la-buena-onda deja de serlo, pues sus amigas la tienen harta con chistes tarados aprendidos de sus tarados y prejuiciosos padres. Le llega el aislamiento a David, aunque eso no es lo peor. En un examen, David ve que Dillon hace trampa (en Harvard también usan acordeón), pero en ésa, la “mejor preparatoria del país” se firma antes de cada examen el famoso “Código de Honor”, por el cual los muchachos se comprometen a no hacer trampa y, además, a acusar de inmediato a quien vean romper tal código.

David ve a Dillon con el acordeón y no dice nada. Hay otro muchacho que también lo ve… y tampoco dice nada. El problema es que el mediocre Dillon comete la estupidez de dejar caer la evidencia. Así, el maestro se da cuenta que ha ocurrido una violación al código; les dice a los muchachos que arreglen las cosas entre ellos y, de no aparecer el culpable, toda la clase será castigada. El pánico se adueña del grupo y, tal como ocurre en la guerra, comienzan a acusarse unos a otros, hasta que la culpa recae sobre el judío. Me reservo lo que sigue, pero creo que era importante que contara todo lo anterior.




Este filme, realizado por Robert Mandel,* está dirigido muy sobriamente. Ubicado a principios de la década de los 50, emplea los tonos de café como símbolo de la elegancia de la élite, y nos muestra los mecanismos del racismo basado en los prejuicios. Si los afroamericanos son “diferentes” por el color de su piel, los judíos son “otra cosa” para esta clase social: las razones para afirmarlo así surgen a partir de su religión oficial y a partir de cientos de conjeturas prejuiciosas, extrañas, vagas, insulsas, bobas. Sin embargo, esta cinta cae del lado de la parcialidad, con el objetivo de dejar bien claro lo que quiere transmitir. De nuevo, el claroscuro: David es guapo, inteligente, fuerte, valiente, orgulloso de su raza y, para colmo, el mejor jugador del equipo escolar; todos (o casi todos) los demás son mezquinos, mediocres, bobos, inseguros, cobardes y débiles. Si bien la caracterización tiene su razón de ser: quienes han sido victimizados, con el tiempo se endurecen, mientras que quienes lo tienen todo se debilitan ante su miedo a perder lo que ya tienen y son. Tendría que haber existido más de uno que fuese, por lo menos, ligeramente inteligente. No obstante, la película funciona. Por cierto, póngale atención a la espléndida música de Maurice Jarre.

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* Las reseñas de la sección Cine de Hoy (2001-2010), y muchas de Cine de Ayer (1971-2000), salvo aclaración, fueron escritas en las fechas del estreno en México de esas obras, en salas de cine o en video, y son publicadas aquí (más o menos) como fueron publicadas en su momento en medios impresos de Coahuila.

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Actualización:
Robert Mandel dirigió, antes de Código de honor, Independence Day (1983), F/X (1986), Touch and Go (1986) y Big Shots (1987), y después de la película comentada aquí, sólo The Substitute (1996) para cine. Sin embargo, ha dirigido varias películas para televisión, y capítulos para varias series de televisión, entre ellas el capítulo piloto de X-Files (1993). Por algún motivo prefirió quedarse en ese medio. Código de honor es la película que lanzó las carreras de los entonces actores jóvenes: Brendan Fraser, Matt Damon, Ben Affleck, Cole Hauser y Chris O’Donnell.

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Código de Honor (School ties). Dirección: Robert Mandel. Guión: Dick Wolf y Darryl Ponicsan, basado en una historia original de Dick Wolf. Fotografía: Freddie Francis. Edición: Jacqueline Cambas y Jerry Greenberg. Diseño de producción: Jeannine Oppewall. Música: Maurice Jarre. Con: Brendan Fraser, Matt Damon, Chris O’Donnell, Ben Affleck, Cole Hauser y Amy Locane, entre otros. País: EEUU. 1992. 106 minutos.




miércoles, 27 de enero de 2016

Indochina, de Régis Wargnier




Indochina
(Indochine, Francia, 1992)
de Régis Wargnier

Jesús Guerra

Esta cinta, ganadora de premios internacionales en varios festivales cinematográficos, y del Óscar a la Mejor Película en Lengua Extranjera en la ceremonia correspondiente a los filmes del año 1992, está realizada de una manera muy lejana a los cánones fílmicos hollywoodenses, lo cual, para el espectador, siempre es refrescante. ¿No están hartos de las mismas fórmulas, e incluso de las mismas historias?




Sin embargo, y en parte debido a las expectativas que la fama de esta película nos despierta, es, desde mi particular punto de vista, una obra fallida. Sucede que aspira a mucho, apunta muy alto, y, por lo menos a primera vista, no pasa de ser una telenovela de gran presupuesto, filmada, paradójicamente, en un tono frío y contenido. Es decir, un argumento hecho casi premeditadamente para ser melodramático, tratado con distancia y contención. El resultado es francamente extraño. Es como si Claude Chabrol dirigiese Lo que el viento se llevó.




La cinta cubre mucho tiempo (unos 40 años, por lo menos) y con un deficiente sentido del ritmo. A pesar de que es larga y lenta, uno tiene la impresión de que el realizador utilizó demasiadas elipsis para las situaciones verdaderamente importantes y por tanto el desarrollo de algunos procesos que uno quisiera ver no están en pantalla. Y lo que uno no ve, no lo siente, y lo que el espectador no siente, es decir, no comparte, no lo cree o lo toma como simple información. Así, el presupuesto amor hiperapasionado de Catherine Deneuve (Madame Eliane Devries) por Vincent Perez (el marino Jean-Baptiste) simplemente no nos lo creemos, porque se conocieron dos escenas antes. Lo que hubiera sido interesante ver, en el caso de estas gentes de emociones contenidas era, precisamente, cómo sucedió ese enamoramiento apasionado. Pero claro, hay demasiado por narrar aún. Un argumento interesante y complicado en el cual la historia del país en el que se desarrolla la obra tiene gran importancia; sin embargo, aunque es fría, es más o menos comparable a la ya mencionada Gone with the wind o a alguna telenovela mexicana de altos vuelos, en la que el azar se mezcla con tonterías de niñas bobas enamoradas del hombre equivocado, mientras que las tonterías de la madre, producto de las tonterías de su padre, provocan el inicio de la “desgracia”. Finalmente, Indochina no es más que la clásica y sobada historia de la “pobre niña rica” harta de la “prisión” en que se ha convertido su vida debido a su posición, etcétera. (¿No es también la historia de Aladino, tal y cómo nos ha sido contada por los estudios Disney?)




Además, a Indochina le faltan algunos contrapuntos, tal vez. ¿Por qué contarnos la historia de este país a través de los imperialistas? Por mucho que los franceses se sientan culpables y quieran mostrarnos ahora las cosas terribles que hacían, en primer lugar, se quedan cortos, en segundo lo hacen a través de los personajes equivocados, y a través de una historia de amor que si bien está perfectamente en su lugar (pues de lo que se trata es de mostrarnos la irrupción de la realidad que llegan para destrozar a la fantasía), tiene el inconveniente de “parecer” fuera de lugar.




El marco es bellísimo. Los paisajes, la fotografía, los decorados, la música. En verdad, bellísimos… ¿y? Las imágenes bonitas no hacen una película. Al igual que las cintas del realizador soviético Tarkovski, algunas de sus imágenes son tan bellas que podrían permanecer inmóviles. Pero para eso prefiero ponerme a escuchar música en mi casa, mirando postales o libros de fotografías. A mí en lo personal esta película no me dice absolutamente nada.*

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* Las reseñas de la sección Cine de Hoy (2001-2010), y muchas de Cine de Ayer (1971-2000), salvo aclaración, fueron escritas en las fechas del estreno en México de esas obras, en salas de cine o en video, y son publicadas aquí (más o menos) como fueron publicadas en su momento en medios impresos de Coahuila.

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Actualización:
El realizador, Régis Wargnier, nació en 1948, en Metz, Francia. Antes de Indochina, dirigió: La femme de ma vie (1986) y Je suis le seigneur du château (1989); y después: Une femme française (1995); Est - Ouest (1999); Man to Man (2005); Pars vite et reviens tard (Contagio mortal, 2007); La ligne droite (2011) y Le temps des aveux (2014).

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Indochina (Indochine). Dirección: Régis Wargnier. Guión: Erik Orsenna, Louis Gardel, Catherine Cohen y Régis Wargnier. Fotografía: Françoise Catonné. Edición: Agnès Schwab y Geneviève Winding. Diseño de producción: Jacques Bufnoir. Música: Patrick Doyle. Con: Catherine Deneuve, Vincent Perez, Linh Dan Pham, Jean Yanne y Dominic Blanc, entre otros. País: Francia. 1992. 159 minutos.





sábado, 23 de enero de 2016

El rapto, de George Sluizer





El rapto
(The vanishing, EEUU, 1993)
de George Sluizer

Jesús Guerra

Barney (Jeff Bridges, a medio camino entre la excelencia y la sobreactuación) es un tipo extraño. Un padre de familia cuya hija, Denise, está convencida de que tiene una relación extramarital, y cuando se lo pregunta, le dice que no lo culpa, teniendo en cuenta a su madre (de ella, claro). Barney es, aparentemente, un hombre normal, con esposa y una hija que lo ayuda a arreglar una cabaña, la misma que Barney utiliza para planear un rapto, y en donde experimenta en sí mismo, por ejemplo, la duración de los efectos del líquido que usará, embebido en un pañuelo, para dormir a su futura y anónima víctima: decide escogerla al azar.




Por otra parte, vemos a una pareja de jóvenes hiperenamorados, Jeff (Kiefer Sutherland) y Diane (Sandra Bullock), que experimenta un disgusto momentáneo, el cual sirve para que de inmediato sostengan una sentida reconciliación y se juren amor eterno del tipo “hasta que la muerte nos separe”.

La pareja viaja en una bonita vagoneta y se encuentra por los alrededores del volcán Santa Elena —un paraje desolado—. Lleva un par de bicicletas sobre la vagoneta; representa, pues, a la saludable y feliz pareja de los años 90. Al llegar a una gasolinera, Diane decide entrar al baño y luego ir a comprar un refresco para ella y una cerveza para Jeff, quien, inexplicablemente, decide quedarse en el automóvil (en el que ha pasado horas) y tontear alrededor del vehículo con una pelotita. Pero claro, quién puede sospechar que el mal acecha en el interior de un local tipo Oxxo… Ahí está Barney también, a la búsqueda de su víctima.




Pasan los minutos, y Jeff se desespera. Va a buscar a Diane y, por supuesto, no la encuentra. Ha desaparecido (en inglés, este film se llama The Vanishing, es decir, ‘la desaparición’). Una correcta elipsis nos permite enterarnos, por medio de un cartel de los colocados por Jeff, que “hace tres años desapareció esta chica”, con la foto de Diane. Barney ha seguido con su vida, común y corriente. Jeff está obsesionado con la desaparición de Diane.

Una noche, Jeff conoce a una mesera, Rita (Nancy Travis), en un restaurante y pronto se van a vivir juntos, aunque a ella la pone celosa la obsesión de Jeff por saber qué ocurrió con su exnovia. Incluso lo entrevistan en uno de los muy comunes talk shows de los Estados Unidos. El entrevistador le dice a Jeff: “Imagínate que el secuestrador nos está viendo ahora. ¿Qué le dirías?”, a lo que el joven responde que quisiera conocerlo, ya que lo que quiere es saber qué sucedió. Y Barney, obviamente, está viendo la televisión con su hija.




Barney, por esa extraña personalidad que tiene, decide que esa petición de Jeff es algo así como un reto y, además, que su “oponente”, por su obsesión, es “digno de él”. Y va a buscar a Jeff. Barney le hace una propuesta: “Si quieres saber qué le pasó a Diane, tienes que venir conmigo”; y más tarde: “Si quieres saber, tienes que pasar por todo lo que ella pasó”. Aquí está la clave de la cinta. Jeff tampoco es un tipo del todo normal —aunque la cinta falla al proponérnoslo sólo como una especie de adolescente que colecciona pósters— y aun sabiendo que le puede suceder cualquier cosa, decide aceptar el reto, esto es, quedar en manos de su oponente para que éste le haga exactamente lo mismo que tres años antes le hiciera a su novia, sin tener idea de qué pudiera ser. ¿Es esto razonable? No, claro, pero a Jeff lo que lo ha atormentado todo este tiempo es ignorar lo que hay en torno a lo que sucedió.




Uno no necesariamente estará de acuerdo con el final de esta cinta realizada por George Sluizer, pero es innegable que la propuesta básica es interesantísima, además de que le da en el clavo a una de las paranoias más comunes en la gente: ¿y si desapareciera la persona con la que estoy? Y más en una situación así. Nuestro acompañante entra a una tienda… ¿y si no vuelve a salir?

La cinta funciona muy bien la mayor parte del tiempo debido a que está basada, precisamente, en la duda, el elemento argumental que dispara el mecanismo del suspenso. La duda no es sólo del espectador, sino también del “héroe”. El miedo del personaje (y me resisto a denominarlo personaje central, pues es tan central e importante como lo es Barney) remueve los miedos del espectador y empeoran cuando Barney le confiesa a Jeff que ese rapto fue sólo un experimento, una manera de demostrarse que era tan capaz de hacer el bien (ya le había salvado la vida a una niña en una alberca) como el mal, y que por ello decidió raptar a una mujer para hacerle “lo peor” (“¿La mató?”, pregunta Jeff. Barney responde que matarla no hubiera sido lo peor).




En esta película el mal se confabula con el azar (el destino, dirán algunos) para crear un instante terrible que puede cambiar la vida de sus protagonistas. Por eso, justamente, funciona este film, porque aun si usted considera increíbles algunos momentos de esta historia, la verdad es que nos muestra nuestra constante fragilidad.

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* Las reseñas de la sección Cine de Hoy (2001-2010), y muchas de Cine de Ayer (1971-2000), salvo aclaración, fueron escritas en las fechas del estreno en México de esas obras, en salas de cine o en video, y son publicadas aquí (más o menos) como fueron publicadas en su momento en medios impresos de Coahuila.

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Actualización:
George Sluizer, nacido en París, Francia, en 1932, y fallecido en Ámsterdam, Holanda, en 2014, dirigió: João en het mes (1972), Twee vrouwen (1979), Tepito sí (un corto de 1982, producido por México, con Lilia Aragón y Fernando Balzaretti), Red Desert Penitentiary (1985), Spoorloos (1988, primera versión de The Vanishing, producida por Holanda y Francia), Crimetime (1996), Mortinho por Chegar a Casa (1996), The Commissioner (1998), La balsa de piedra (2002, basada en la novela de Saramago), y Dark Blood (2012).

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El rapto (The vanishing). Dirección: George Sluizer. Guión: Todd Graff, basado en la novela de Tim Krabbé. Fotografía:Peter Suschitzki. Edición: Bruce Green. Diseño de producción: Jeannine Oppewall. Música: Jerry Goldsmith. Con: Jeff Bridges, Kiefer Sutherland, Nancy Travis, Sandra Bullock, y Park Overall, entre otros. País: EEUU. 1993. 120 minutos.




sábado, 16 de enero de 2016

En una noche de claro de luna, de Lina Wertmüller




En una noche de claro de luna
(In una notte di chiaro di luna / Up to Date, Italia-Francia, 1989)
de Lina Wertmüller

Jesús Guerra

La conocida guionista y realizadora italiana Lina Wertmüller (recordemos de ella su cinta Film de amor y anarquía de 1973), ha realizado una película muy interesante y bella (aunque quizá fallida) sobre uno de los temas de nuestro tiempo: el sida. Escogió actores de renombre internacional (Rutger Hauer, Nastassja Kinski, Faye Dunaway, Peter O’Toole, Dominique Sanda y Lorraine Bracco —algunos de ellos para papeles en verdad pequeños— y filmó en inglés, el idioma internacional (error en el que caen con cierta frecuencia las cinematografías europeas no angloparlantes, aunque no es éste el caso, ya que varios de los actores filman en inglés con frecuencia o son angloparlantes) para comercializar con más facilidad sus películas. Sin embargo, no es, de hecho, una cinta que entre en los cánones “comerciales” fácilmente, aunque tampoco es oscura, ni mucho menos. Es, eso sí, una cinta bastante personal, como debe ser una película de un realizador reconocido.




La cinta comienza en enero de 1985, en Roma. Una joven pareja heterosexual se instala en un hotel y se suicida. Se quitaron la vida por miedo al sida, aunque ninguno tenía el virus. El padre de uno de los jóvenes declara que la culpa la tienen los medios de comunicación, los cuales, en lugar de informar con veracidad acerca de la enfermedad, se han dedicado a crear un estado de paranoia.




Un periodista norteamericano radicado en París, John Knott (Rutger Hauer) se hace pasar por un seropositivo y “revela su secreto” para registrar las reacciones de la gente. En los restaurantes le niegan el servicio, la gente lo corre de su casa. Con esa argucia recorre Europa. En Venecia se topa con un excompañero, ahora acaudalado hotelero gracias a herencias familiares, el cual, creyendo que John es realmente portador del virus, le confiesa que él también es seropositivo. Y le pregunta Zack —que así se llama el hotelero (interpretado por Luigi Montefiori)— por qué se lo dice a todo mundo cuando podría hacer como él, mantenerlo oculto, incluso con sus amantes ocasionales; y le expone una diabólica teoría sobre el azar, el destino y esas cosas. Después, le muestra el video que tiene de una examante de ambos, Masha, y le dice que ella murió de sida. Así, la duda se apodera de John. Sin embargo, antes de este muy informativo viaje a Venecia, había reencontrado, en París, al amor de su vida, Joëlle (Nastassja Kinski), quien había desaparecido de buenas a primeras. Platicaron y se confesaron su amor. Ella había partido por miedo a no ser querida, etcétera, etcétera. Para colmo, tiene una hija de John, llamada Jou-Jou. Luego del romántico encuentro John se entera, por las noticias sobre Masha, que él podría ser, realmente, portador del virus. Entonces se hace un examen en Londres, el cual resulta positivo. Le entra pánico de haber contaminado a Joëlle e incluso a su hija. Le ordena a un médico que les haga un examen sin decirles el verdadero motivo y decide —ahora le toca a él según los juegos del destino— escapar sin dar explicaciones.




Pero esto es sólo el principio. La cinta es interesante, aunque se tambalea un poco en cuestiones de ritmo. Sin embargo, la belleza de la filmación y lo inusual del argumento (el cual nos recuerda, por su extravagancia y por los constantes viajes de sus protagonistas, a Hasta el fin del mundo, la espléndida película de Wim Wenders), mantiene al espectador con la vista pegada a la pantalla. Ambas películas (la de Wenders y la de Wertmüller) comparten un contexto sofisticado, un ambiente apocalíptico, un gusto por lo inesperado y llevan al extremo algunas de las posibilidades que ofrece nuestro tiempo (el viaje constante de un lado a otro del planeta, la cacería del amor a través de los medios de transporte y de comunicación, la búsqueda o el escape a gran escala: Roma, París, Venecia, Londres, Nueva York, pues es en esos escenarios en los que se desarrolla esta aventura contemporánea.*




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* Las reseñas de la sección Cine de Hoy (2001-2010), y muchas de Cine de Ayer (1971-2000), salvo aclaración, fueron escritas en las fechas del estreno en México de esas obras, en salas de cine o, como en este caso, en video, y son publicadas aquí (más o menos) como fueron publicadas en su momento en medios impresos de Coahuila.

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Actualización:
Lina Wermüller, nacida el 14 de agosto de 1926, en Roma, Italia, filmó antes de la película comentada, Questa volta parliamo di uomini (1965), Rita la zanzara (1966), No provoquen al mosquito (Non stuzzicate la zanzara, 1967), Il mio corpo per un poker (1968), Mimì metallurgico ferito nell'onore (1972), Film de amor y anarquía (Film d'amore e d'anarchia, ovvero 'stamattina alle 10 in via dei Fiori nella nota casa di tolleranza..., 1973), Tutto a posto e niente in ordine (1974), Travolti da un insolito destino nell'azzurro mare d'agosto (1974), Pasqualino Settebellezze (1975) y Un complicato intrigo di donne, vicoli e delitti (1985), entre otras. Después de En una noche de claro de luna, filmó: Sabato, domenica e lunedì (1990), Ninfa plebea (1996), Ferdinando e Carolina (1999), Peperoni ripieni e pesci in faccia (2004), entre otras. Su obra más reciente es un documental corto de 40 minutos llamado Roma, Napoli, Venezia... in un crescendo rossiniano (2014).

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En una noche de claro de luna (In una notte di chiaro di luna). Dirección: Lina Wertmüller. Guión: Lina Wertmüller. Diálogos: Rutger Hauer. Fotografía: Carlo Tafani. Edición: Pierluigi Leonardi. Diseño de producción: Amedeo Fago y Enrico Job. Vestuario: Gianni Versace. Música: Avion Travel, Pino D’Angiò y Greco. Con: Rutger Hauer, Faye Dunaway, Nastassja Kinski, Peter O’Toole Dominique Sanda y Lorraine Bracco, entre otros. Países: Italia y Francia. 1989. 106 minutos.


sábado, 9 de enero de 2016

Jamón, jamón, de Bigas Luna





Jamón, jamón
(España, 1992)
de Bigas Luna

Jesús Guerra

La cartelera cinematográfica que recorre el país es casi completamente norteamericana y casi completamente comercial. Son rarísimos los filmes mexicanos o europeos que podemos ver en las salas de cine, y más raras aún las películas con propuestas diferentes a la muy sobada receta estadounidense, sea cual pudiera ser su país de origen.*




México y el mundo descubrieron hace unos años, con verdadero regocijo, el cine del realizador español Pedro Almodóvar. Pero, por supuesto, y aunque los distribuidores crean lo contrario, hay más directores en España. Por fortuna, se han distribuido en nuestro país las dos más recientes cintas de Bigas Luna, Las edades de Lulú (1990), primero, y ahora Jamón, jamón. Aunque por supuesto no son sus únicos filmes (tiene, entre otros, Tatuaje (1978), Bilbao (1978), Caniche (1979), Reborn (1981) y Angustias (1987). [Ver la “Actualización”, al final de la reseña.]

Alguno se habrá presentado en la Ciudad de México en algún cine-club, en algún festival o habrá circulado en video, pero en general Bigas Luna era desconocido en nuestro país hasta antes de Las edades de Lulú. Su siguiente película es una obra divertida, interesante, desbordante de simbolismos en varios niveles, que se desplaza cómodamente de un género a otro, de la comedia al melodrama sin excederse hasta, quizá, el final, pero los excesos de una cinta no son necesariamente un defecto.



Jamón, jamón inicia con la toma de uno de los escenarios principales de la historia, la casa de Silvia (Penélope Cruz) y su madre (Anna Galiena), vista desde la colina en donde se encuentra un enorme toro, el anuncio de un conocido brandy español, y más específicamente la toma se realiza desde los cojones del animal (sobre ellos, aparece el crédito del director). Luego están los tráilers que pasan a toda hora. ¿Qué significan? ¿Una supuesta modernidad que inunda el desértico paraje? ¿La mecánica, dura, pesada masculinidad que todo lo arrolla?




Silvia es la hija de la dueña de un bar, una cocinera de “tortillas de patatas” y prostituta. Julia es la novia de José Luis, el niño rico hijo del fabricante de los calzoncillos Sansón (“todos tenemos un Sansón en nuestro interior”, dice el slogan). Silvia está embarazada y cuando se lo dice a José Luis, éste le promete que se casarán. El único obstáculo es la madre de él, pero hablará con ella o se independizará, pues está cansado de que lo traten como un niño. Cuando José Luis habla con su madre, ésta pone el grito en el cielo, pero además idea un plan. Contrata a Raúl (Javier Bardem), un repartidor de jamones (de los jamones Los Conquistadores, Hernán Cortés y hermanos), quien ha ido a buscar trabajo a la fábrica de calzoncillos como modelo. La madre de José Luis (Stefanía Sandrelli) considera que Raúl es muy guapo y lo contrata para que enamore a Silvia. Sin embargo, es ella misma quien se enamora de Raúl. Las cosas se van complicando cuando nos enteramos que José Luis no sólo es el novio de Silvia, sino que es el amante de la madre de ésta, al igual que lo fue su propio padre.




La necesidad de afecto, el deseo, la corrupción económica, los chantajes sexuales, la sobreprotección, la posesión de unos por otros, la feminidad, la masculinidad, la pureza y su contrario, son los elementos que tienen la mayor importancia en esta historia, y son los elementos constantemente simbolizados de mil maneras, logrando que este film sea un verdadero banquete (ya que los alimentos tienen su papel, también), un festín, una cinta riquísima, rebosante de significados.




Las perlas de la aparentemente decente madre se le caen constantemente, y su hijo está harto de las presiones sociales y familiares, y por carecer de cojones se los rompe al toro de cartón, para que Silvia los recoja y se tape con ellos para protegerse de la lluvia… si el trágico y melodramático final resulta edípico es porque Bigas Luna nos bombardea con símbolos para decirnos… ¿qué?, ¿que nuestra sociedad tiene acorralado al deseo, que debemos bajarlo a golpes de los anuncios para hacerlo parte de nuestra vida “real”, aceptarlo, liberarlo? Vea Jamón, jamón, gócela y decida.




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* Las reseñas de la sección Cine de Hoy (2001-2010), y muchas de Cine de Ayer (1971-2000), fueron escritas en las fechas del estreno en México de esas obras, salvo aclaración, y son publicadas aquí (más o menos) como fueron publicadas en su momento en medios impresos de Coahuila.

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Actualización:
El director Bigas Luna (nacido el 19 de marzo de 1946, en Barcelona, murió el 6 de abril de 2013), realizó varias películas posteriores a la reseñada aquí, entre ellas: Huevos de oro (1993), La teta y la Luna (1994), Bámbola (1996), La femme de chambre du Titanic (1997), Volavérunt (1999), Son de mar (2001), Yo soy la Juani (2006), Mouche d’amour (2010) y Di Di Hollywood (2010).

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Jamón, jamón. Dirección: Bigas Luna. Guión: Cuca Canals, Bigas Luna y Quim Monzó. Fotografía: José Luis Alcaine. Edición: Teresa Font. Diseño de producción: Gloria Martí-Palanqués y Pep Oliver. Música: Nicola Piovani.  Con: Stefanía Sandrelli, Anna Galiena, Juan Diego, Penélope Cruz, Javier Bardem y Jordi Mollà, entre otros. País: España. 1992. 95 minutos.




sábado, 2 de enero de 2016

Un día de furia, de Joel Schumacher





Un día de furia
(Falling Down, EEUU, 1993)
de Joel Schumacher

Jesús Guerra

Joel Schumacher es un hábil artesano que ha dirigido algunas comedias interesantes, como El primer día del resto de nuestras vidas (St. Elmo’s fire, 1985), Los muchachos perdidos (The Lost Boys, 1987) o Cousins (1989), entre otras. Pero Un día de furia es otra cosa, es un film muy fuerte, sobre todo visto en su contexto: la Norteamérica de nuestros días. Por eso, desde su estreno en los Estados Unidos, esta película levantó una gran polémica: ¿es una cinta “políticamente correcta”?, ¿es racista?, ¿contra quién está?

El personaje principal —interpretado por Michael Douglas— se llama William pero de esto nos enteramos casi hasta el final del film, incluso en los créditos finales se le denomina D-FENS, que era su placa automovilística personalizada (y que suena igual que la palabra defense, es decir, defensa). Y defensa es lo que lo caracteriza, no sólo porque es un hombre paranoico (pero cómo no serlo en su medio, en una ciudad tan caótica como Los Ángeles) quien, además, trabajaba hasta hace un mes en una fábrica de misiles, esto es, trabajaba en la defensa de su país.



No quiero contar el argumento, sólo diré que esta cinta trata de un día bastante especial de un hombre blanco, clase media, (ex) trabajador de la defensa, que un día truena en medio de un embotellamiento de tránsito, abandona su auto y se lanza, a pie, hasta lo que él considera “su hogar” en Venice Beach, aunque en realidad es la casa de su exesposa, Beth (Bárbara Hershey) y de su hija Adele, quien, ese día precisamente, cumple años.

Pero una gran urbe como Los Ángeles no es fácil de cruzar sin una buena dosis de frustraciones, y Bill D-FENS es un hombre que explota con facilidad. Así, en su travesía por la ciudad, se va topando con una serie de obstáculos y se tiene que enfrentar, además, a una serie de gentes por cuestiones de “territorialidad”. ¿En qué momentos son “justificados” sus actos? Aquí el problema consiste en que el espectador tendería a identificarse con él (¿quién no ha fantaseado con tener una pistola en la mano para persuadir a un mesero necio o a un automovilista abusivo?), y es por eso que resulta tan importante la ambigüedad de esta cinta, la relatividad de las situaciones, porque, aunque el tipo está mal de la cabeza, también, desde algún punto de vista, este hombre tiene razón, o por lo menos en parte (como todos nosotros).



Bill trabajaba para un área nacional necesariamente paranoica: la defensa. Un departamento que se encarga de culpar al “exterior” por los problemas del país. Pero al recorrer la ciudad, Bill se percata de que los problemas nacionales son internos —pobreza, racismo, incomprensión de unos y otros grupos, ignorancia, corrupción, etcétera—. A Bill le sucede lo mismo en este día: culpa de todo al exterior, a “los otros”, pero sus verdaderos problemas son internos.

El “viaje” que Bill hace desde Pasadena a Venice (o sea, de un extremo a otro de Los Ángeles) es también la metáfora de su viaje interno, de las presiones “normales” extremas que lo conducen a los linderos de la locura; viaja de la tierra firme al mar, es decir, de bases en donde se puede estar de pie con seguridad hasta donde cualquiera se hunde.




La cuestión racial es particularmente importante: en esta cinta, en los Estados Unidos y, sobre todo, en California. Su explosión con el tendero coreano es justificada sólo desde el punto de vista económico, Bill juzga que el tendero lo está robando (pero significativamente la disputa es por minucias: 35 centavos de dólar), y sin embargo Bill se equivoca de registro y pasa a insultar al tendero por ser un inmigrante, por no hablar “correctamente” el inglés. Ése es un acto racista. Pero la pelea con los pandilleros chicanos ya no es racista, simplemente se defiende de un ataque por cuestiones de territorio —aunque también habría que ver las cosas desde la perspectiva de ellos: ¿qué está haciendo este blanco clasemediero, de camisa blanca y corbata en nuestro espacio?—. Tal vez, para disipar lo que podría verse hasta aquí como una justificación del fascismo de la clase media blanca norteamericana, Bill le deja muy claro al loco neonazi que cree identificarse con él que no son iguales, que a él no le interesa matar negros, sólo quiere ir a su casa, el lugar adonde él pretende regresar, en donde las cosas podrían ser como antes.

Si bien este film nos muestra cómo la clase media, nostálgica del pasado, no puede manejar el presente, no deja de ser interesante que Bill ataca a cada individuo con las armas de ellos mismos. A pesar de esa escena antifascista, la cinta podría ser vista como una justificación del fascismo anglosajón. Para recalcar que ésta no es la solución, que la clase media blanca, por nostálgica que se sienta, debe madurar, aprender a convivir con las otras razas y a manejar, también, sus deseos, el guionista, Ebbe Roe Smith, nos muestra un contrapunto interesante: el policía Prendergast (Robert Duvall). Él también es blanco, más o menos de clase media; él también trabaja en la defensa. Sin embargo, él sí se lleva bien con personas de otras razas (su mejor amiga es chicana), él sí tiene esposa (Bill añora a la suya), pero Prendergast la tiene que soportar, pues “no está manejando bien su menopausia”. Ambos hombres han perdido a una hija (pero el policía lo ha aceptado). Bill no trabaja porque lo han corrido, en tanto que Prendergast está a punto de jubilarse antes de tiempo (¿qué es esto, que el trabajo no lo es todo, o que siempre habrá otras alternativas?). Lo que uno añora con nostalgia, el otro lo acepta con resignación (el mismo policía dice: “Cada quien tiene su idea del paraíso”).



…Y es que Bill no sabe lo que quiere. Luego de amenazar al gerente imbécil del restaurante porque no le quiere servir un desayuno tres minutos después de la hora, Bill cambia de opinión y prefiere la comida. Aunque, claro, lo que le dan no es lo que le ofrecen. Bill representa al norteamericano a quien el American Dream le ha mentido —como a casi todos los estadounidenses—. Si Bill D-FENS cree en un principio que quienes lo roban y le disputan el territorio son los inmigrantes, los pobres (la clase inferior a él), al cruzar un club de golf de entrada restringida sólo para sus miembros, se da cuenta de que también los blancos ricos de su país le disputan el territorio. Efectivamente, demasiada realidad en un solo día.

La película nos presenta los hechos, pero las reacciones son personales. Dependen de nuestra capacidad para soportar la frustración, así como de nuestra “propia idea del paraíso”.

Aunque es netamente norteamericana, las cosas aquí son diferentes: pese a que está filmada en la ciudad cinematográfica por excelencia y sus actos ocurren en dicha ciudad, lo que vemos aquí es totalmente “el otro L.A.”

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* Las reseñas de la sección Cine de Hoy (2001-2010), y muchas de Cine de Ayer (1971-2000), salvo aclaración, fueron escritas en las fechas del estreno en México de esas obras, y son publicadas aquí (más o menos) como fueron publicadas en su momento en medios impresos de Coahuila.

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Actualización:
El realizador Joel Schumacher (nacido en 29 de agosto de 1939, e Nueva York), ha realizado muchas películas después de Un día de furia, entre ellas: Batman Forever (1995), A Time to Kill (1996), Batman & Robin (1997), 8MM (1999), Tigerland (2000), Phone Booth (2002), Veronia Guerin (2003), The Phantom of the Opera (2004), The Number 23 (2007), Twelve (2010) y Trespass (2011), entre otras.

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Un día de furia (Falling Down). Dirección: Joel Schumacher. Guión: Ebbe Roe Smith. Fotografía: Andrzej Bartkowiak. Edición: Paul Hirsch. Diseño de producción: Barbara Ling. Con: Michael Douglas, Robert Duvall, Barbara Hershey, Rachel Ticotin y Tuesday Weld, entre otros. País: EEUU. 1993. 113 minutos.